Saltar al contenido

Naufragio en playa lujuria

09/12/2009
dr-quemada-avatar playa nudista

Este pasado verano, durante mis merecidas vacaciones, anduve por uno de esos rincones playeros que tanto se prodigan en nuestra vasta geografía nacional. Paisajes pictóricos tan bellos que pareciere que mano divina hubiera diseñado para gloria y deleite de una nación hecha de hombres valientes y mujeres sensatas. Antaño raza de conquistadores que hoy, desdichadamente, ha degenerado en una tribu plagada de mujerzuelas y pusilánimes.

Seria por torpeza o acierto del excursionista novel, la cuestión es que un día terminé mi inocente periplo vacacional en un rincón oculto entre rocas, un remoto lugar dónde Dios quiso que mi temperamento y pundonor fueran puestos a prueba. En aquel reducto paisajístico sorprendiome una salpicadura de cuerpos, totalmente desataviados, que permanecían inmóviles cubriendo la arena con infame desvergüenza. Viendo aquello, un observador piadoso sólo podría pensar que se hallaba ante los desafortunados restos de un gran naufragio. Pero no, no era esa la naturaleza del bodegón, eran cuerpos todos ellos con vida que yacían voluntariamente de esa guisa, aunque lo más probable fuera que ya hubiesen perdido irremisiblemente sus almas.

Tal fue mi espanto ante el dolor de la perversa evidencia que acuchillaba mis pupilas, que la atroz muestra de desfachatez expuesta ante mí a punto estuvo de provocarme un desfallecimiento. El Bosco no hubiera podido pintar peor escena de lujuria y descaro: mujeres y hombres tumbados al sol, boca arriba o boca abajo, mostrando sus definiciones de género sin ningún tipo de decoro ni pudor. La naturaleza de esos entes tenia que ser por fuerza la de las prostitutas y los maleantes, los mismos seres infrahumanos que antaño nuestros sabios dirigentes supieron mantener alejados de nuestra entonces digna sociedad.

Quizás hubiera tenido que continuar mi viaje sin mirar atrás, por miedo a convertirme en estatua de sal como pasó a los sabios profetas cuando huyeron de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Empero el científico está obligado por convicción a enfrentarse a sus peores temores, tal es su juramento y empeño, valores que lo obligan con la sociedad a dar todo de sí por el logro del conocimiento y beneficio común. ¿ Acaso no fue eso lo que nos enseño nuestro Señor Jesucristo ? ¿ No debe anteponerse el sacrificio del individuo ante el bien colectivo ?

Ataviado con la armadura ética del estudioso, que capacita moralmente al hombre para zambullirse en la misma infamia sin con ello recibir mancilla alguna, decidime a tomar nota de cuanto mis atemorizados sentidos pudieran captar en medio de aquella ciénaga de inmoralidad. Muchos de ustedes, estimados admiradores, hubieran podido concentrar su atención en cualquiera de los atributos de falsa masculinidad que proliferaban en aquél jardín prohibido del edén, frutos del pecado en ofrenda para el regocijo de una legión de pecaminosas Evas. La ciencia de la antropología nos haría saber, sin lugar a dudas, que las exageradas dimensiones que observé en ellos no podían ser las propias del barón hispano, ser desarrollado en armonía con las huestes seráficas. Sus exagerados rasgos bestializados sólo podrían ser atribuidos a especímenes pertenecientes a determinadas razas negroides. Pero nuestra casta de hombres cultos y gentiles ha degradado tanto a causa de la libre mescolanza con individuos de poca calidad biológica que cada vez más nuestros hombres parecen animales. Parece que tanta ignominia y perversión ha llevado a nuestros hermanos a olvidarse de la misión por la que el Señor nos puso en este mundo y nos dio esta patria sin parangón.

Pero no fue la imagen del varón degradado la que más captó mi atención, sino la de las féminas exponiendo toda su naturaleza con artificial descaro. Sí, digo artificial descaro, porqué inmersa en su absurda puja grupal por competir con su compañero de especie, la hembra ha cometido tantos despropósitos como el que paso a detallarles a continuación. Debo advertirles, devotos lectores, que la necesidad de un lenguaje y expresiones adecuado a las circunstancias puede llegar a herir su sensibilidad. No es esta mi voluntad, pero mi letra debe ponerse a la altura de los acontecimientos que pretendo narrar.

Mi padre me transmitió – y a éste el suyo, reproduciendo así una larga cadena iniciada en aquellos héroes del medievo que libraron nuestra tierra de sarracenos, moriscos y sefarditas – los auténticos valores que deben sustentar al hombre y a la mujer. Desde mi más temprana edad supe que el varón que se precie como tal debe rehuir a toda costa de la apariencia de afeminado, negándose al uso perfumes y adornos de mujer, o a vestir ropajes propios de homosexuales y gente de la farándula. Pero no es sólo el legado de nuestros ancestros directos lo que nos debe servir de guía, la sabiduría popular también es una prolífica fuente de inspiración de gran valor. Nuestro afanado refranero es una clara muestra de esto que digo, su prudente repertorio se convierte en guía de gran utilidad para la glorificación de nuestra especie, sin distinción entre hombre y mujer. Dada su natural condición de sumisión, que las predispone a ello, son nuestras consortes las que deberían de obedecer doblemente estos sabios consejos. Exhortaciones que la lógica y el sentido común debieran haber elevado ya a la categoría de sacramentos.

Nuestra herencia antológica nos ha enseñado algo tan práctico y sucinto como lo que sintetiza la famosa expresión “donde hay pelo hay alegría”. Desde el Cid y los Reyes Católicos hasta nuestro Caudillo, pasando por nuestros conquistadores allende mares, todos ellos sabían que esta era la fórmula para mantener a buen recaudo la masculinidad y el pudor, dependiendo del género a quién se aplique tal precepto.

Pues bien, aquel funesto día en el que parte de mi candidez fue profanada por la presencia de un aquelarre de cuerpos desnudos al sol, pude observar (no sin ruborizarme) que muchas de las señoritas que poblaban el paraje diabólico habían convertido lo que debería ser cuna de maternidad en escaparate de lujuria. Muy a mi pesar y por el bién de mi objetivo pedagógico, debo ser más explícito: sus ingles y zonas púbicas habían sido expresamente desprovistas de la alfombra natural que la sabia naturaleza eligió para estos rincones anatómicos. Con ello, la exposición del cavernáculo lascivo era completa y ya nada quedaba suscrito al ámbito de la imaginación o la inocencia.

Además, no quisiera yo imaginar la obligada escena en la que éstas sirenas de Ulises aventureros pasarían horas dedicando esfuerzos y habilidades para convertirse en expertas en la poda del bonsai y la jardinería minimalista. Tiempo y dedicación que debieren ser brindados a sus familias (y a las lógicas y necesarias atenciones domésticas de sus esposos e hijos) se dilapidan castigando cervicales y derrochando dioptrías. Todo esto con un solo y único objetivo: desproveer sus bosques íntimos de la maleza que debiera hacerlos lugares secretos, íntimos y misteriosos, para convertirlos en francas pistas de aterrizaje de mil y un efímero aventurero.

En mi esfuerzo investigador, bien pudiera haberme aproximado para efectuar una exploración de campo mucho más detallada, tal vez podía haber preguntado directamente a alguna de estas geishas sobre las causas y motivos de su error. Pero con esa iniciativa podría pasar que algún receloso confundiérame con uno de aquellos viejos decrépitos rojillos – todavía superviviente de la era en la que España se sumió en su peor pesadilla -, un anciano decadente afanado por sentirse aceptado en aquél extravío colectivo.

En lugar de eso, esperé a llegar a nuestro temporal hogar veraniego para preguntarle a doña Auxilio de Quemada (mi devota y complaciente esposa, desde hace ya más de cuarenta años) su opinión sobre la execrable conducta que acababa de observar. Suponiendo que ella sabría mucho más que yo de los motivos que una dama puede llegar a albergar en su mente para entregarse a tal aberración estética, le conté lo sucedido y esperé infructuosamente respuesta.

Sólo pude obtener una reacción de espanto y turbación, junto a un gesto de conduelo por aquellas pobres almas irremisiblemente perdidas. Era lógico que las palabras se resistiesen a brotar de sus labios ante tanta ofuscación, pero aún así mostró un gesto de piedad. Tal es su bondadosa naturaleza.

Después de todo esto, debo decir que la pregunta sigue sin respuesta. Así que ahora me veo obligado a lanzarla a este foro de eruditos y humanistas, esperando que algún pensador sepa dar satisfacción a mi siempre despierta curiosidad de intelectual.

¿ Cual sería la razón para que una mujer decida desproveerse voluntariamente del vello en una parte tan concreta de su cuerpo ?

Espero sus comentarios, estimados adeptos.

Doctor Quemada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *